Antígona, ¿objetora avant la lettre?

Quizá sea la edad, pero la brillante luz con que uno contemplaba a Antígona ahora ha palidecido. No es que haya despertado al atractivo de la tiranía, sino que existen reparos -históricos, literarios- para leer la obra de Sófocles con la mirada liberal que nos asedia. En nuestro descargo, hemos de decir que no solo somos nosotros quienes hemos sucumbido a ese tópico de la Antígona desobediente, ataviada con su pasional heroicidad, indomeñable, enfrentándose al antipático Creonte.

Muchos -y sabios- han leído esa historia que se remonta a un ciego e inválido Edipo con las anteojeras de hoy. Para Italo Calvino, que nos enseñó a navegar por los clásicos, no hay por qué poner reparos a ese empeño por mediar lo antiguo con la sensibilidad actual, siempre, claro está, que no suponga cancelar lo que nos transmiten. Con todo, Antígona resulta compleja, rica, como un cofre lleno de misterios, tan repleto de sorpresas que nos deja mudos. Atónitos.

Lee Antígona

  • Si quieres comprender el derecho
  • Si desear saber qué es la fraternidad
  • Si buscas ahondar en lo trágico

La historia es bien sencilla, en su seriedad dramática: la hermana rebelde se opone al decreto de Creonte, que prohíbe que se entierre al ingrato Polinices. Ley natural frente al decreto positivo y arbitrario del autócrata. Moral frente a derecho. La conciencia, en fin, enfrentada al poder.

Se repara menos en otros detalles. Primero, que Polinices deseaba arrebatar al trono de Tebas a su hermano, de modo que el castigo de Creonte, al negarle toda pompa fúnebre, es menos un baldón que una medida compensatoria. Ante esa realidad, ni siquiera la valiente hermana es capaz de rechistar. Segundo: es erróneo pensar que Antígona defiende algo así como el derecho natural; lo que está en juego es otra cosa.

Los derechos que reclama la hermosa hija de Edipo no son aquellos que el creador ha inscrito en la naturaleza de todo ser humano; ni siquiera reivindica los deberes que se imponen, como una obligación piadosa, cuando nos relacionamos con el prójimo, incluso herido o -más trágicamente- muerto. Se trata de lo que mandan las divinidades oscuras del hogar, los reclamos de los dioses domésticos. La ley de la sangre, frente a los primeras y tenues responsabilidades de la política.

Que no pueda ser Antígona la heroína de la conciencia es algo evidente: no se había descubierto aún que hay una interioridad o hondura ni tampoco había nada parecido al individuo. Existía el peso del grupo, de la tribu, del clan y el de la comunidad social.

Palabra de Sófocles

  • El ser humano, lo más maravilloso: «Numerosas son las maravillas del mundo; pero, de todas, la más sorprendente es el hombre. El es quien cruza los mares espumosos agitados por el impetuoso Noto, desafiando las alborotadas olas que en torno de él se encrespan y braman»
  • Leyes no escritas: «No he creído que tus decretos, como mortal que eres, puedan tener primacía sobre las leyes no escritas, inmutables de los dioses. No son de hoy ni ayer esas leyes; existen desde siempre y nadie sabe a qué tiempos se remontan. No tenía, pues, por qué yo, que no temo la voluntad de ningún hombre, temer que los dioses me castigasen por haber infringido tus órdenes»

Vista así, la tragedia tiene otra forma, mucho más rica. Y se acerca uno mejor a los diálogos entre Creonte y Antígona y entre el primero y su hijo; el pecado del rey no consiste en oponerse a la eficacia del derecho natural, sino en hacer oídos sordos a las demandas de misericordia y piedad del pueblo. Si peca, es por soberbia.

Esta interpretación no quita dramatismo a la obra; más bien, lo intensifica porque a lo que asistimos es a la inauguración de la vida comunitaria, al nacimiento de la polis como lugar de lo excedente. Esta perspectiva es, quizá, menos heroica, pero mucho más rica y pedagógica. Y lo es porque la ley de Creonte no aparece como un mero decreto injusto, que repele a cualquier individuo con dos dedos de frente, sino como una medida de cumplimiento obligatorio. Y justa, en la medida en que castiga a quien buscaba apoderarse de una corona, como la de Tebas, que no pertenecía a su hermano.

Ahondar en Antígona exige combinar su lectura con otra más sesuda, pero igual de inolvidable: nos referimos a la investigación que Aristóteles realizó sobre la política. Ahí vemos que, para el hombre griego, hay una suerte de incompatibilidad entre los espacios estrechos y primitivos de la familia -el parentesco- y la libertad que dispensa respirar en el ágora. Política es aquello que nos libera de las restricciones de la sangre, abriéndonos al sentido.

Entiéndase bien: eso no quiere decir que Creonte sea inocente, como tampoco Antígona resulta inmaculada. Esta última se mueve en el espejismo de las pasiones y también su furia contra Creonte -su hybris– tiene su repercusión. Y comienza a resquebrajarse la autoridad del primero en cuanto deja de guiarse por los intereses de la polis y se revela, él también, presa de esa insolencia tan antipática para los dioses.

Todos sabemos cómo termina la tragedia: con muerte y sangre por doquier; ni Creonte ni Antígona se salvan. La lección que nos intenta transmitir Sófocles es aquella que comparten todas las tragedias: que seas rey o súbdito hay una sola cosa que los dioses no perdonan y es que el individuo se crea más de lo que es. O sea, hombre.

Para saber más:

  • Sófocles, Antígona (Gredos, 2014).
  • Sófocles, Tragedias completas (Cátedra, 2005).
  • Steiner, G., Antígonas (Gedisa, 2013).

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