Leer a Goethe para recuperar Europa

La singularidad de este gran libro, que recoge diálogos ininterrumpidos con Goethe, estriba en que no se podría decir con total certeza quién es su autor. ¿Debemos estar agradecidos al talento innegable del autor del Fausto o es más bien a Eckermann, ese hombre que salió de la pobreza gracias a su inteligencia, al que hay que rendir tributo?

Si muchos posmodernos piensan que ni siquiera la intención del que muñe un texto es relevante para descubrir su verdadero sentido, no sería muy provechoso enfangarnos en dilucidar el dilema, menos aún sabiendo que las frases y discursos de los que el discípulo de Goethe levanta acta muy bien podrían haber salido de los labios del ínclito consejero de Weimar. O sea,  lo que firma Eckermann es muy verosímil.

En cualquier caso, a nadie se le escapa que Goethe es quien ennoblece y eleva este volumen de conversaciones a la altura intelectual que todos asociamos a un gran libro. Se encuentra, en verdad, trufado de reflexiones elevadas, de opiniones profundas y eruditas, y sobrevuela por sus páginas ese aroma entre ilustrado y romántico que desde hace mucho es sinónimo de lo europeo.

Goethe -justo es reconocérselo- no era un hombre de su tiempo: era un hombre de todos y para todas las épocas. Aunque sabemos que las comparaciones a veces no son justas, habría poco que discutir al calificarle de “Napoleón de la cultura”. La prolijidad de notario con que Eckermann registra sus afirmaciones y costumbres reflejan a un superhombre en todos los sentidos del término . Valoraba más que nada el orden, convencido de que la regularidad es uno de las cualidades de la belleza. Se le acusó de reaccionario y no tuvo reparos en confesar que lo es. Su grandeza, sin embargo, no es política y por eso, antes de que los alguaciles de la corrección política nos lo cancelen, nos atrevemos aquí a recomendar su compañía.

Con Eckermann aprendemos que el discípulo ha de amar al maestro, pero no tanto como para que la distancia de la veneración dificulte la confianza, el cariño e incluso la posibilidad de mostrar el desacuerdo. El libro es un imprescindible e inigualable fresco de la época. ¿Cómo eran aquellos salones barrocos de Weimar en los que departían con naturalidad Goethe y Humboldt, Schiller y los Schlegel, Hegel y Schopenhauer?

Gracias a la noticia de estos coloquios, uno atisba que el océano de la cultura es más vasto de lo que unos cuantos podcasts o vídeos pueden transmitirnos. Avanzamos hacia una cultura meramente visual y pasamos por alto que la inteligencia requiere rumiar y cavar, pastar gozosamente en los prados de la letra impresa. La vida intelectual se atiene a unos ritmos y a unas normas exigentes. En esas piezas de damascos y espejos, de Ilustración, se honraba la inteligencia sin distinciones o barreras, de modo que se hablaba con igual perspicacia y hondura tanto del último libro de Byron como de mineralogía, de Rubens y de los amoríos más recientes de la corte.

Lee Conversaciones con Goethe

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Quizá hayamos idealizado aquel tiempo de pelucas empolvadas y pliegos enciclopédicos y no fuera todo tan puro y espiritual como suponemos. Había dogmas e inquisición, supersticiones y cadalsos y un lector avezado repara en que estas pláticas contienen -como todas- imposturas, recelos injustificados y prejuicios. Ahora bien, la atmósfera estaba atravesada por la genialidad. No puede ser casual que en un mismo momento de la historia tanta inteligencia se concentrara a en una esquina inopinada de Europa.

Una sola apreciación servirá para mostrar la altura de Goethe: sus inquebrantables intereses científicos. Ni Fausto ni Werther: su logro más querido era, según confesión propia, la Teoría de los colores, donde recoge intuiciones acerca de la percepción ópticas que se siguen dando por válidas. El verdadero talento es aquel que no sabe de fronteras disciplinarias ni se circunscribe humildemente a la especialización, sino el que ambiciona el todo.

La concepción sobre la naturaleza que poseía Goethe era muy parecida a la de Spinoza y llegaba al panteísmo. Detectaba una fuerza, un ímpetu creador que se apropiaba de los individuos, suscitando la oportunidad para que apareciera un gran hombre. De esa forma, ayudó a llamar la atención sobre ese lado más oculto, de índole espiritual, inmaterial, que mueve, como una energía perentoria parecida a la corporal, a hombres y naciones.

Palabra de Goethe:

  • Estilo literario y noble: «Si alguien quiere un estilo claro, que tenga antes las cosas claras en su alma, y si alguien pretende escribir en un estilo grandioso, que su personalidad también lo sea».
  • Inteligencia y minorías: «Todo lo grande e inteligente es siempre minoritario (…) No cabe que pueda popularizarse el entendimiento. Puede que se vuelvan populares los sentimientos y las pasiones, pero la razón siempre estará en posesión de unos pocos destacados».

Hay una palabra que resume el credo goethiano: la acción. La defensa de la productividad en él no se refiere, sin embargo, a ese activismo vacío y banal consistente en hacer muchas cosas irrelevantes -un síntoma, por cierto, de la pereza, como siempre ha recordado la sabiduría eremítica-, sino en la docilidad y diligencia hasta la llamada de lo alto, de lo noble, de bello.

Que todo lo que recoge Eckermann lo dijera realmente Goethe es algo accesorio, totalmente secundario, decimos. Lo que queda es el testimonio de un hombre y una época sin igual, enamorada del conocimiento y esperanzada con el devenir de la civilización y de la cultura. En nuestros días, con una Europa  cabizbaja y el legado de los grandes -el de Goethe y Erasmo, el de Aquino o Chateaubriand- recogiendo el polvo de la ignorancia, nos parece un deber ineludible recordar su vitalismo y su imperecedera herencia.

Para saber más:

  • J. P. Eckermann, Conversaciones con Goethe (Acantilado, 2006).
  • J. P. Eckermann, Conversaciones con Goethe (Athenaica, 2022).
  • R. Safranski, Goethe. La vida como obra de arte (Tusquets, 2015).

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