Esperanza en la condición humana

Silas Marner no es la novela más conocida de Mary Ann Evans, esa mujer rebelde y obstinadamente independiente que firmó sus obras como George Eliot porque era suficientemente astuta para saber que, de otro modo, la caterva victoriana de lectores no la tomaría en serio.

Pero en la historia de un tejedor olvidado, de cuyo corazón cetrino se va desprendiendo una costra de recelo alimentada por traiciones y desesperanzas, no solo brillan sus dotes literarias con igual intensidad que en Middlemarch –considerada, no sin razón, como una de las mejores novelas de la historia-, sino también la sensibilidad por una honestidad rústica que hoy, más de siglo y medio después de su publicación,  sigue suscitando nuestra nostalgia.

Eliot fue una maestra concienzuda a la hora de perfilar personajes íntimos y cercanos y cuando se trataba de describir los desafíos vitales, las miserias y las virtudes cotidianas de los hombres y las mujeres de su época. Hay idealismo en sus obras, pero también una ineludible familiaridad entre quienes desfilan por sus páginas y nosotros, lo que que contribuye a realzar la belleza de la especie que nos acoge. A la estirpe de esta escritora pertenecen grandes firmas, capaces como ella de destapar el arrojo con que el héroe anónimo -fiel y noble- se levanta cada mañana para ordenar el granero o pastorear al ganado, incitándonos a emularle en tareas más prosaicas, pero igual de apropiadas si se busca ensayar el coraje.

Esta mujer que firmaba con nombre de hombre era valiente y tendía a sembrar el desconcierto. De convicciones heterodoxas, era descreída y culta. Radical, pero también extrañamente dubitativa. Fiel a la disidencia de su época, y discurriendo casi siempre por los extrarradios del escándalo, cultivó la añoranza romántica, pero sin sentimentalismos, empeñada en escudriñar las rodadas de aquel mundo lacustre y rural en que creció y al que contemplaba inerme, resbalándose por los desaguaderos del tiempo, como vencido por el desarraigo industrial.

Lee Silas Marner si:

  • Quieres entender cómo opera la esperanza
  • Deseas aproximarte a la fuerza del amor paterno y el cariño filial
  • Buscas comprender por qué debe ilusionarnos la mirada de un niño

 

Por eso, en Silas Marner encontramos, como en toda la producción de Eliot, una modulación crítica: el campo frente a la ciudad; el fariseísmo frente a la bondad natural, prístina; la hermosura del que sufre los reveses del mundo y la carne como contrapunto a la doblez del más acaudalado; la pujanza del instinto, en fin, contra la petulancia de las costumbres irracionales…

Sus dudas religiosas, ciertamente, se agigantaron a medida que crecía debido a su tenaz vecindad con los intrigantes “ismos” de un siglo convulso como el XIX, colmado de revueltas. Pero sabemos que no hay que ser un piadoso ferviente para percatarse de la contigüidad de la rectitud y la integridad con la vida espiritual. También somos conscientes de que el ateísmo puede horadar en toda su hondura el misterio porque un ateo honesto, bien mirado, es un reflejo del teólogo comprometido, siempre y cuando el primero se revuelva contra la brecha que deja en el espíritu un universo desierto, sin Dios.

Se dice que no hay que ser creyente para ser bueno. Y es verdad, siempre que se precise, al tiempo, que el que cree no es inexorablemente malo. Hay creyentes vanidosos pero también ateos no exentos de soberbia que suponen que con la aguja de su inteligencia pueden pinchar esa pompa de jabón que Dios es para ellos, aunque así solo desvanecen ídolos y fantasmas en los que nadie jamás ha creído.

El incrédulo no tiene por qué ser condescendiente. Puede perfectamente compartir la admiración del fiel por el cielo sublime o lamentarse del patinazo que dimos aquella vez -tan lejana en el tiempo, tan próxima en la conciencia- cuando nuestros padres se admiraban de compartir el Edén. En Silas Marner encontramos una finura parecida. Pese a que Eliot abdicaba del misterio, narra en estas páginas cómo el protagonista se aparta de la extraña comunidad puritana a la que pertenece por una deslealtad tan incómoda como persistente, así como la manera empleada por la providencia para ayudarle a confiar de nuevo en sus semejantes.

Palabra de George Eliot

 Adulación y orgullo: “Cuando se nos trata bien, empezamos a pensar, de manera natural, que no estamos del todo desprovistos de méritos, y que es de justicia que nos tratemos bien a nosotros mismos, y no echemos a perder nuestra buena suerte”.

Sentido sobrenatural del sufrimiento: “Sí; siempre hay problemas en este mundo, y hay cosas que nunca se consiguen que se arreglen. Y todo lo que podemos hacer es tener confianza, señor Marner (…) Porque si nosotros que sabemos tan poco llegamos a ver un poco de bien y de justicia, podemos estar seguros de que hay un bien y una justicia mucho mayores de lo que sabemos: siento en mi interior que tiene que ser así”.

Desengañado, Marner se instala en Raveloe, un lugar más agreste, menos civilizado y, por la misma razón, no infectado de convencionalismos. ¿Y a qué otra cosa sino al oro puede aferrarse un hombre desabrido con la existencia, con el alma nublada, huraña, esquiva? Nuestro personaje gasta sus horas en el telar, una tras otra, y cuando cae la noche renueva un ritual minucioso y sórdido, que le permite consignar -día tras día- la cantidad de monedas que atesora.

Eliot demarca con precisión los hitos de la vuelta de Silas a la inocencia. Su viaje es geográfico a la vez que espiritual. Para recorrerlo el tejedor se apoya en Eppie, una niña de pelo rizado y ojos inmensos, luminosos como un arco iris, a la que acoge y que “le conecta de nuevo con la totalidad del mundo”.

El relato atestigua que la ilusión por el futuro solo puede brotar si adviene savia fresca y nueva. Un niño es un tesoro inestimable porque la esperanza se renueva con el milagro de la natalidad y porque el alma de un viejo se oxigena cuando otro espíritu, de un modo natural, como las flores, se abre a la vida.

Silas Marner es, a la postre, una historia de reconciliación: con los hombres, primero, y después -y necesariamente- con Dios. Su lectura es preceptiva porque como muy pocos clásicos Eliot tiene mano para estimular la pasión por el bien moral. Asombra que una escritora escéptica ante lo sobrenatural haya dado a luz esta narración que revela los vericuetos insondables empleados por la resolución divina para hilvanar, en el hermoso tapiz de la historia, los descosidos y los rotos que acumulamos. La maravilla es que extraiga de nuestro pozo de miserias, y casi sin darse cuenta, el preciado esplendor de la tierra prometida, que es, al mismo tiempo, nuestro origen, nuestra vocación y nuestro más claro destino.

Para saber más:

George Eliot, Silas Marner (Alianza, 2012).

George Eliot, Middlemarch (Cátedra, 2011).

George Eliot, Adam Bede (Ediciones del Bronce, 2000).

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