Siguiendo la estela de la barbarie

El año pasado se conmemoraba el centenario de la muerte de Joseph Conrad, pero como otras muchas efemérides literarias la ocasión pasó casi desapercibida. Y eso que Conrad no solo cuenta con varias obras que podrían con toda justicia monopolizar un curso de Grandes Libros; es también uno de los pocos nombres que los escritores de hoy lanzan siempre cuando se les inquiere por sus influencias o maestros.

Logros como estos serían ya de sobre suficientes para justificar que apareciera por segunda vez en este blog, tras Nostromo. A ellos se añade, si hablamos de El corazón de las tinieblas, la perturbación intempestiva que se siente al acompañar a Marlow por un rio rodeado de espesura verde y sigilosa, no se sabe muy bien si en busca del inescrutable Kurtz o del secreto inconfesable de la existencia.

Lee El corazón de las tinieblas

  • Si quieres descubrir la seducción de lo salvaje
  • Si deseas conocer la otra cara del progreso
  • Si buscas recordar lo fascinante que son los cuentos

El relato no se olvida y resuena al cabo del tiempo, como una fiebre que se resiste a desentenderse por completo del organismo. A Conrad también se le cosió en el alma la pesadilla de la explotación, pero en lugar de abocarle al cinismo, el recuerdo recalcitrante le condujo a refrenar su optimismo en el progreso.

El corazón de las tinieblas no busca tanto condenar como mostrar que casi siempre los tuétanos de las civilizaciones se encuentran imbuidos de la sangre y el dolor de los perdedores. Tal vez esto dio lugar a malas interpretaciones, puesto que ha llegado a pensarse que Conrad estaba justificando la expoliación salvaje de tierras vírgenes. A lo sumo, cabría pensar que su intención fue bosquejar los claroscuros de la modernidad, sin endulzar nada de lo sucedido.

El relato que Marlow va desgranando, con la pausa de un Buda -y con la sabiduría de quien, antes de que empezara el transcurrir del tiempo, fabulaba sobre sus orígenes- se puede leer como una metáfora del avance de la historia, muy parecida a ese Ángel del que habla Benjamin, a quien le sobrecoge el espanto cuando vuelve el rostro hacia el pasado.

Sería un error caer en la trampa que Conrad deseaba evitar, pensando que una narración, corta o larga, es una excusa para la filosofía o la abstracción. En eso se equivocan quienes porfían por dar a luz “novelas de ideas”. El que ha subido a un barco, el que ha compartido un buen vaso de vino, cuando el agua escaseaba, o cantado tonadas  a punto de franquear las puertas del infierno sabe que la vida es mucho más rica y devastadora -fascinante y tremenda, como una divinidad primitiva- que cualquier ideal o lección filosófica desarraigada, sin raíces en la existencia.

Juan Gabriel Vásques, que ha publicado una traducción impecable, irreprochablemente bella, de esta obra hace unos meses en Alfaguara, habla en su prólogo de las incontables lecturas que se han hecho de la misma. El corazón de las tinieblas resulta ser un libro ambiguo, enigmático y Conrad, como los grandes directores de cine, dice menos de lo que esperaría un lector poco avezado o banal, dejando por fortuna que los buenos y los inteligentes desenreden la trama con la fuerza de su imaginación.

Palabra de Conrad

  • La oscuridad del alma endiablada: «Pero su alma estaba loca. Al quedarse solo en la selva, había mirado a su interior, y ¡cielos!, puedo afirmarlo, había enloquecido.Luchó consigo mismo, también. Lo vi… lo oí. Vi el misterio inconcebible de un alma que no había conocido represiones, ni fe, ni miedo, y que había luchado, sin embargo, ciegamente, contra sí misma».
  • Conciencia de la humanidad común: «Pero si uno era lo suficientemente hombre debía admitir precisamente en su interior una débil traza de respuesta a la terrible franqueza de aquel estruendo, una tibia sospecha de que aquello tenía un sentido en el que uno (uno, tan distante de la noche de los primeros tiempos) podía participar. ¿Qué había allí, después de todo? Alegría, miedo, tristeza, devoción, valor, cólera… Pero había una verdad, una verdad desnuda de la capa del tiempo (…) El que es hombre sabe y puede mirar aquello sin pestañear. Pero tiene que ser por lo menos tan hombre como los que había en la orilla».

 

Todo empieza con un recuerdo y una petición: fondeando el Támesis, Marlow decide satisfacer la curiosidad de sus compañeros y rememorar su viaje al centro mismo de la deshumanización. Imperaba, entonces, la avaricia colonialista y los europeos sacudían África para comerciar con todo lo que resbalaba de ella, como el marfil.

Marlow explica que, en el fértil y desconocido continente, recibió el encargo de hallar a Kurtz, emboscado en la selva y mitificado por quienes lo había conocido. Nuestro autor no disipa el misterio, de modo que nunca tendremos más que conjeturas acerca de lo que ha ligado a Kurtz a la brutalidad y por que se ha transformado en un ídolo despiadado y cruel, que domina a su antojo a los nativos.

Es evidente que la selva lo ha  cambiado y que ha vivido un horror inimaginable, hasta el punto de que Conrad ubica su recuerda ni más ni menos que entre sus estertores mortales. El escritor, que visitó el Congo y conoció de primera mano el trabajo esclavo de los indígenas, atisbó también algo, pero no halló el arrojo para expresarlo con precisión. Lo que resulta indudable es que, si no existiera el abismo del mal y la tentación de la barbarie en todos y cada uno de nosotros, la trayectoria del hombre por la tierra hubiera sido completamente distinta, irremediablemente otra.

Conrad, que escribió en inglés, el idioma que acogió su creatividad, nos ilustró con este viaje a los infiernos acerca del diabólico poder del ser humano. Si él salió vivo, quizá nosotros podamos salvarnos de la barbarie y seguir su propio ejemplo, recurriendo a la magia de la palabra para conjurar las tinieblas más inhóspitas.

Para saber más:

  • J. Conrad, El corazón de las tinieblas (Alfaguara, 2024), traducción de Juan Gabriel Vásques.
  • J. Conrad, Nostromo (Valdemar, 2003).
  • J. Conrad, El agente secreto (Cátedra, 2005).

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Grandes libros es un blog de Aceprensa, un medio de comunicación fundado en 1970 y especializado en el análisis de tendencias sociales, corrientes de pensamiento y estilos de vida.

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